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Quinto Domingo Cuaresma - C

Juan 8, 1-11

Cuando a alguien le cae una desgracia, nunca hay que decir: «Justo castigo por sus pecados». Lejos de castigar a los que lo ofenden, Dios deja siempre tiempo a los pecadores para que se enmienden, esperando que al final se conviertan. Es un padre que aguarda sin cesar su regreso y, cuando finalmente vuelven a casa, invita al cielo y a la tierra a que se alegren con él.

La insistencia de Jesús en la infinita misericordia de Dios, ciertas formas de ilustrar esta enseñanza y, sobre todo, su comportamiento, acabaron por despertar la desconfianza de los «puros», de ciertos fariseos que, como el hijo mayor de la parábola, servían a Dios desde hacía muchos años sin haber desobedecido nunca una orden suya. ¿Qué pensar de este predicador que recibía a los pecadores y no dudaba en comer con ellos? Su conducta les resultaba cada vez más sospechosa, más escandalosa. Su forma de actuar, que tanto agradaba al pueblo, ¿no era una forma de complicidad con el pecado?

Un día, los que empezaban a acusar a Jesús creyeron llegada la ocasión de desenmascararlo. Le llevaron a una mujer sorprendida en flagrante delito de adulterio. Y razonan: «La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Si responde:

«Apedreadla», reniega de todo lo que ha proclamado constantemente y, al mismo tiempo, pierde la autoridad de que goza ante quienes lo consideran un profeta. Si, por el contrario, se muestra clemente, su oposición pública a la ley puede conducirlo ante el tribunal. No es en el modo como Jesús escapa de esta trampa en lo que hay que fijarse, sino en la enseñanza que da este día de manera palmaria, con palabras y obras. El juicio corresponde a Dios, cuyo lugar no han de pretender ocupar los hombres, todos ellos pecadores. Este tiempo es para todos un tiempo de gracia, para que se conviertan y vivan, para que sean santos como es santo el Padre del cielo (cf lP 1,15).

Convertirse, cambiar de vida, es algo que cuesta, porque supone renunciar a ciertos «valores», que en sí no tienen ningún valor. Sólo importa una cosa: correr «para ganar el premio al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús», «la justicia que viene de Dios». Cualquiera que sea nuestro pecado, este objetivo está a nuestro alcance. No por nuestras propias fuerzas, sino por la infinita misericordia de Dios, que se nos ofrece constantemente.

José Antonio Pagola