Domingo 5 - A 2026
El Evangelio de hoy nos presenta dos imágenes sencillas y esenciales: la sal y la luz. Ambas son humildes y necesarias; no destacan por sí mismas, pero sin ellas la vida pierde sabor y orientación.
Jesús nos dice: “Vosotros sois la sal de la tierra”. La sal actúa desde dentro, mezclándose y entregándose. Así también la fe: no puede quedar encerrada ni al margen de la vida, sino que está llamada a transformarla silenciosamente. Cuando la fe se vuelve costumbre y pierde su relación viva con Dios, pierde su sabor y deja de dar vida.
Jesús habla también de la luz. La luz no se guarda, sino que ilumina y revela la realidad. Del mismo modo, la fe no nos ha sido dada para ocultarla, sino para que se haga visible en una vida coherente y verdadera, no para gloria propia, sino para que se glorifique al Padre.
Este Evangelio nos invita a una conversión silenciosa y profunda: a recuperar el sabor de una fe viva, a dejarnos iluminar por la verdad, y a permitir que Dios sea visto a través de nuestra vida.
Que la Palabra escuchada hoy nos conduzca a una mayor autenticidad, para que, sin buscar ser vistos, nuestra existencia dé testimonio de Aquel que es la fuente de toda luz.

