Corpus Christi - A 2026
Juan 6, 51-58
Hay hambres que no se ven: hambre de sentido, de paz, de una palabra que sostenga la vida. En medio de esa búsqueda, escuchamos una afirmación luminosa: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”. No se nos ofrece una teoría, sino una presencia: alguien que quiere hacerse alimento para el camino.
El pan es sencillo y cotidiano. Se parte, se comparte y sostiene la vida. Quizá por eso Jesús elige esta imagen para hablar de sí mismo. No viene a imponerse, sino a entregarse; no reclama nada, se ofrece.
“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Son palabras que siguen sorprendiendo. Nos hablan de un Dios que no permanece distante, sino que quiere unirse a nuestra vida y habitar en nosotros.
Ahí se encuentra el corazón de esta fiesta. No se trata solo de creer que Cristo está presente en la Eucaristía, sino de descubrir que esa presencia quiere transformarnos. Que el amor recibido se convierta en amor entregado. Que la comunión celebrada se haga comunión vivida.
“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. Permanecer. Una palabra serena en medio de un mundo marcado por la prisa y lo pasajero. Permanecer cuando las respuestas no llegan. Permanecer cuando no sentimos nada extraordinario y, sin embargo, seguimos confiando. Permanecer como quien vuelve una y otra vez a la fuente que da vida.
Hoy, al celebrar el Corpus Christi, se nos recuerda que no caminamos solos. Hay un Pan que sigue partiéndose para el mundo. Hay una Presencia que permanece. Hay un Amor que continúa sosteniendo nuestra fragilidad.
Que nuestro corazón aprenda a reconocer ese alimento en la Eucaristía y en la vida cotidiana. Y que, al acercarnos a la mesa del Señor, descubramos una vez más que aquello que más necesitamos ya nos ha sido dado.
Permanece en Él.
Y deja que Él permanezca en ti.