cuaresma 2020

 

 

 

Domingo III - Cuaresma

domingo 3Juan 4, 5-42

Hoy la liturgia nos presenta un texto muy bello. Uno de los diálogos más largos y profundos del evangelio donde Jesús se revela progresivamente a una mujer en la narración y a cada una de nosotras. Jesús está esperándonos, con hambre de encuentro, con sed de amor. Pero Jesús sabe esperar. Él es manantial de amor en el pozo de nuestra interioridad. ¿Cómo cruzar el umbral que nos separa de él y de nosotras mismas? Como a la mujer samaritana, sólo una sed honda, a menudo desconocida, nos alumbra; y un cansancio, que sólo se cura con el amor, nos ayuda a descubrir la presencia del Amado.

Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: “Dame de beber”. Jesús no pierde el tiempo. Inmediatamente provoca un diálogo sereno y profundo con una mujer samaritana rompiendo barreras de separación religiosa. Todo se desarrolla entre un hombre y una mujer con distintos tipos de sed en un momento en el que el sol abrasa.

Esta mujer siempre recurría a este sitio sin poder apagar su sed, y al llegar aquel extraño, le da un agua que le apaga la sed definitivamente y hasta le da la capacidad de convertirse en fuente. El que comienza pidiendo agua termina dándola y la que se negaba a ofrecerla termina pidiéndola…

Hoy el evangelista nos invita a dejar que Jesús se acerque al brocal, a la orilla de nuestra vida, para comenzar un diálogo personal y profundo con nosotras. Estamos invitadas a dejar que nos cuestione y nos pregunte sobre nuestras vidas, tantas veces aceleradas y vacías, sedientas de todo e insatisfechas. Hoy se nos invita a que nos dejemos preguntar sobre tantos amores que nos han dejado sedientas e insatisfechas. Estamos invitadas a encontrarnos con Jesús como el que sabe todo de nosotras y poder decirle con humildad: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla” porque aquí en realidad no encuentro nada. “Si conociéramos el don de Dios” Jesús puede descubrirnos hoy que Dios es un misterio de bondad, una fuente de la que cada una bebe según tenga el vaso, una presencia amorosa en quien podemos confiar siempre.

Dejemos nuestro cántaro para que Jesús llene nuestro corazón. Jesús, sacia nuestra sed, danos de esa agua que lleva a la Vida y conviértenos en fuente de agua que brote hasta la vida eterna.