Domingo 4 - A 2026
El Evangelio de este domingo nos sitúa ante el gran discurso de Jesús en el monte, donde proclama las Bienaventuranzas. No se trata de simples consejos morales, sino de una verdadera propuesta de vida que revela el rostro de Dios y el modo de vivir del discípulo.
Jesús llama felices a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los mansos, a los que tienen hambre y sed de justicia. A primera vista, estas palabras parecen una paradoja, porque contradicen la lógica del éxito, del poder y de la autosuficiencia. Sin embargo, Jesús nos muestra que la verdadera felicidad nace de una relación confiada con Dios, de un corazón libre que no se apoya en sí mismo, sino en el amor fiel del Padre.
Las bienaventuranzas no idealizan el sufrimiento, pero sí anuncian que Dios no abandona a quienes pasan por la prueba. En cada promesa se abre un horizonte de esperanza: Dios consuela, sacia, perdona y regala su Reino. Vivir las bienaventuranzas es aprender a mirar la realidad con los ojos de Dios y a comprometernos con un mundo más justo y fraterno.
Este evangelio nos invita a preguntarnos: ¿dónde ponemos nuestra seguridad?, ¿qué entendemos por felicidad? Seguir a Jesús es optar por un camino exigente, pero profundamente humano, donde el amor

