Domingo 15 - A 2026
El Evangelio de hoy nos presenta la parábola del sembrador. Jesús no comienza hablando de los frutos, sino del gesto generoso de sembrar. El sembrador esparce la semilla con abundancia, sin calcular demasiado dónde caerá. Así actúa Dios: ofrece su Palabra a todos, una y otra vez, con una paciencia que nunca se cansa.
La parábola nos invita a mirar nuestro corazón. La semilla siempre es buena; lo que cambia es la tierra que la recibe. A veces estamos endurecidos por las preocupaciones o el cansancio; otras, acogemos el Evangelio con entusiasmo, pero nos faltan raíces para perseverar. También los miedos, las inquietudes o el afán de controlar las cosas pueden ahogar la vida que Dios quiere hacer crecer en nosotros.
Pero Jesús no cuenta esta parábola para desanimarnos, sino para despertar nuestra esperanza. Ningún corazón está condenado a permanecer estéril. Si nos dejamos trabajar por el Señor, Él puede transformar nuestra tierra y hacerla fecunda.
Este Evangelio es también una invitación a sembrar sin ansiedad por los resultados. Nuestra tarea es sembrar con fidelidad; el crecimiento pertenece a Dios. Su Reino sigue creciendo muchas veces de manera silenciosa, más allá de nuestros cálculos.
Pidamos hoy al Señor: «Haz de mi corazón una tierra buena. Arranca lo que me endurece, fortalece mis raíces y quita los espinos que impiden crecer a tu Palabra. Dame la confianza de seguir sembrando, sabiendo que tu Palabra nunca vuelve sin dar fruto».
