Tercer Domingo Cuaresma - C

higuera estrilLucas 13, 1-9

La llamada a la conversión constituye el centro de la liturgia de este tercer domingo de Cuaresma en el que vamos caminando hacia la Pascua.

El evangelio de hoy tiene dos partes bien diferenciadas:

1ª. Comentario de Jesús a dos tristes sucesos: muerte violenta de unos galileos y derrumbamiento de la torre de Siloé que aplastó a dieciocho hombres.

2ª. Parábola de la higuera estéril. Ambas unidades coinciden en la urgencia de la conversión antes de que se agote la paciencia de Dios.

Unos desconocidos le comunican a Jesús la noticia de la horrible matanza de unos galileos en el recinto sagrado del templo. El autor ha sido, una vez más, Pilato. Lo que más los horroriza es que la sangre de aquellos hombres se haya mezclado con la sangre de los animales que estaban ofreciendo a Dios.

No sabemos por qué acuden a Jesús. ¿Desean que se solidarice con las víctimas? ¿Quieren que les explique qué horrendo pecado han podido cometer para merecer una muerte tan ignominiosa? Y si no han pecado, ¿por qué Dios ha permitido aquella muerte sacrílega en su propio templo?

Jesús responde recordando otro acontecimiento dramático ocurrido en Jerusalén: la muerte de dieciocho personas aplastadas por la caída de un torreón de la muralla cercana a la piscina de Siloé. Pues bien, de ambos sucesos hace Jesús la misma afirmación: las víctimas no eran más pecadores que los demás. Y termina su intervención con la misma advertencia: «si no os convertís, todos pereceréis».

La respuesta de Jesús hace pensar. Antes que nada, rechaza la creencia tradicional de que las desgracias son un castigo de Dios. Jesús no piensa en un Dios "justiciero" que va castigando a sus hijos e hijas repartiendo aquí o allá enfermedades, accidentes o desgracias, como respuesta a sus pecados.

Después, cambia la perspectiva del planteamiento. No se detiene en teorías sobre el origen último de las desgracias, hablando de la culpa de las víctimas o de la voluntad de Dios. Vuelve su mirada hacia los presentes y los enfrenta consigo mismos: han de escuchar en estos acontecimientos la llamada de Dios a la conversión y al cambio de vida.

La desgracia no es castigo de Dios, sino ocasión y aviso para la conversión, dice Jesús. La razón estriba en que Dios no es vengativo ni se complace en la muerte del pecador sino en que se convierta y viva.

Tenemos que aprender a leer la historia y los acontecimientos. Jesús aprovecha los sucesos ocurridos para que quienes le escuchan comprendan que las desgracias son ajenas a la voluntad de Dios. Y les enseña a leer la historia, y la vida cotidiana, desde la óptica de Dios.

El problema del mal, el hambre y la injusticia en el mundo son un escollo que encuentra el hombre y la mujer de hoy para creer en Dios. Piensa que, si Dios es bueno, no debe permitir el sufrimiento. Sin embargo, tenemos que decir que: Dios ni quiere, ni permite el mal, sino que lo sufre con los hombres.

En muchas ocasiones el mal, el dolor y el sufrimiento es inevitable al vivir en un mundo finito, limitado, donde tenemos que nacer, crecer y morir, esto provoca dolor y sufrimiento. El hecho de elegir y tomar decisiones provoca dolor y sufrimiento. La libertad humana, con frecuencia, se equivoca causando dolor; y otras muchas ocasiones toma decisiones injustas, egoístas como en el reparto de los bienes de la tierra provocando hambre, etc. Y, en muchas ocasiones, causando injusticias y, muerte, como en el caso de “los galileos asesinados por Pilato”. O “los 18 que murieron aplastados por la torre de Siloé”.

En todos los acontecimientos respeta la libertad humana, invitando siempre a la conversión. Jesús rechaza la idea judía de la retribución: al pecado le corresponde el castigo.

Jesús aclara dos posturas equivocadas: la de los que se creen “buenos” y piensan que los demás merecen castigo. Y la de quienes opinan que todo mal es “castigo de Dios”. Por la idea deformada de un Dios inquisidor, muchas personas viven abrumadas, con conciencia culpable y culpabilizadora.

Jesús en estos casos hace una invitación urgente y estimulante a la conversión, a un cambio de estilo de vida, de forma de pensar y de actuar. Una invitación a liberarnos de todo lo que nos impide madurar como personas y como creyentes.

La parábola de la higuera estéril refleja la misericordia de Dios y manifiesta su paciencia que espera de nosotros frutos de conversión.

En la Biblia la higuera es figura del pueblo de Israel. Si no da fruto, es inútil que ocupe lugar. Una Iglesia, una comunidad que no dé fruto no tiene razón de ser. El Dios de la vida quiere cortar la higuera. Hay alguien, el viñador (Jesús mismo), que pide al amo una nueva oportunidad. Jesús suplica por su pueblo y por cada comunidad cristiana, por cada persona en concreto. Y se compromete con ella.

Jesús nos hace una clara y contundente llamada a la conversión. Convertirnos es la respuesta y actitud adecuada. Pero ¿qué es la conversión? Es un cambio interior que afecta a toda la persona. Supone una ruptura total, desde dentro, no solo con el pecado, sino también con la mentalidad pagana para iniciar un nuevo modo de pensar, de querer, de vivir, teniendo como suprema norma de conducta, exterior e interior, la voluntad y el pensamiento de Dios.

No basta con que reconozcamos nuestros pecados. Hay que reconocer a Dios, que significa querer, de verdad que Dios sea Dios en mi vida, permitir que se adueñe de nosotras, eliminar las resistencias que nos impiden abrirnos del todo a Él. Aceptar sinceramente que Él actúe en mi vida según sus designios sabiendo de antemano que éstos serán para mi indescifrables, confiando ciegamente en Él, abandonándome a Él. Para convertirse hay que desinstalarse.

Pero esta conversión es un proceso continuo; no es un dato instantáneo, puntual y de una vez por todas, sino que constituye un crecimiento ininterrumpido y siempre ascendente, un proceso incesante y siempre inacabado. San Benito nos pide que prometamos la “conversión de nuestras costumbres”. Hace falta una gran paciencia para llevar a cabo una conversión continua. La misma que Dios tiene con cada una de nosotras.

El dueño de la viña no exige un fruto que no pueda dar ese árbol. Aunque no encuentra los frutos esperados, se muestra paciente. Dios está siempre dispuesto a dar una nueva oportunidad y sigue confiando en el ser humano que Él ha creado para que dé fruto.

No se trata de una amenaza, Dios quiere vernos crecer y dar lo mejor que tenemos dentro, sin quedarnos en la mediocridad por miedo a arriesgar, por costumbre, pereza, rutina...

Jesús, se compromete con nosotras en nuestro proceso de conversión.  El Amor siembra y espera, ayuda y espera, enseña y espera, confía y espera. El amor espera una respuesta positiva de la persona amada.

 Madres Benedictinas Palacios de Benaver (Burgos)