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Santa María, Madre de Dios - A 2025

1 enero 2026Lucas 2, 16-21

El Evangelio con el que comenzamos el año nos ofrece una escena para contemplar: un niño en un pesebre, una madre que lo envuelve con cuidado y unos pastores que llegan para mirar. Todo ocurre en la sencillez y el silencio. Así es como Dios entra en nuestra historia: sin imponerse, dejándose encontrar.

Los pastores han escuchado una palabra y se han puesto en camino. No entienden todo, pero confían. Y después regresan a su vida cotidiana glorificando a Dios. El encuentro con el Niño no los aparta de lo de siempre, sino que transforma su manera de vivirlo. Han descubierto que Dios se manifiesta en la pobreza y en lo pequeño.

María permanece en una actitud distinta. Ella guarda y medita en su corazón. No pretende dominar el misterio ni apresurar los tiempos de Dios. Su fe es silenciosa y profunda. María nos enseña que creer, muchas veces, es saber acoger lo que Dios hace sin comprenderlo del todo.

Hoy la Iglesia la proclama Madre de Dios. En ella, Dios encuentra una casa y un rostro humano. A través de María, el Eterno entra en nuestra historia y la comparte desde dentro.

En este primer día del año llegamos con deseos y también con incertidumbres. El Evangelio no nos pide respuestas, sino confianza. Nos invita a comenzar desde el pesebre, sabiendo que Dios ya está con nosotros.

El Niño recibe un nombre: Jesús, “Dios salva”. Una promesa para todo el año que comienza. Que aprendamos de los pastores a ponernos en camino y de María a guardar y confiar, reconociendo a Dios en lo pequeño y cotidiano, con la certeza de que Él camina fielmente a nuestro lado.