ordinario junio

 

Domingo XIII - C

domingo 13Lucas 9, 51-62

El Evangelio comienza diciendo que, cuando Jesús ya sabía que le quedaba poco tiempo, tomó la decisión de ir a Jerusalén, donde tenía que morir. Jesús es consciente de lo que le espera en Jerusalén pero no se echa atrás, él quiere ser fiel al proyecto de Dios. Cuando llega el momento sale de su tierra Galilea y se dirige con firmeza y resolución afrontando con valentía, con decisión su destino sin echarse atrás.
Jesús envía mensajeros delante de él. Los samaritanos, pueblo hostil a los judíos, rechazan a Jesús y le niegan la hospitalidad acostumbrada. La reacción de Santiago y Juan es rápida: "Señor, ¿quieres que mandemos fuego del cielo que acabe con ellos?".


El celo apasionado de los discípulos es capaz de pensar en traer fuego a la tierra para consumir a los que no aceptan a Jesús. Llevados por su celo no admiten a otros que piensen de manera diversa. Jesús recrimina a estos discípulos por sus propósitos violentos. Pide ser acogido, escuchado, propone pero deja a a los hombres la libertad de acogerlo y no quiere forzar su acogida. Simplemente marcha a otra aldea sin condenarlos, y mucho menos, sin querer enviarlos fuego. Muchas veces los cristianos no hemos sabido ver algo que M. Gandhi descubrió con gozo al leer el evangelio: la profunda convicción de Jesús de que sólo la no-violencia puede salvar a la humanidad.

Después de su encuentro con el evangelio, Gandhi escribía estas palabras: "Leyendo toda la historia de esta vida... me parece que el cristianismo está todavía por realizar... Mientras no hayamos arrancado de raíz la violencia de nuestra civilización, Cristo no ha nacido todavía".  La vida entera de Jesús ha sido, desde el principio hasta el fin, una llamada a resolver los problemas de la humanidad por caminos no violentos. La violencia tiende siempre a destruir. Lleva dentro de sí misma la tendencia al exceso. Pretende solucionar los problemas de la convivencia humana arrasando al que considera enemigo, pero no hace sino poner en marcha una reacción en cadena que no tiene fin.

Jesús urge a "hacer violencia a la violencia". El verdadero enemigo del hombre hacia el que tenemos que dirigir nuestra agresividad no es el otro, sino nuestro propio "yo" egoísta, capaz de destruir a quien se nos oponga.
Es una equivocación creer que el mal se puede detener con el mal y la injusticia con la injusticia. El respeto total a cada hombre y cada mujer, tal como lo entiende Jesús, está pidiendo un esfuerzo constante por reducir progresivamente la mutua violencia para ir extendiendo la cooperación, el diálogo y la búsqueda común de la justicia. Tenemos que aprender a respetar al otro en su diferencia, sin pretender aniquilarlo porque no piense como nosotras.

CONDICIONES DEL SEGUIMIENTO

Las exigencias de Jesús para seguirle suenan muy duramente a los oídos y, mal entendidas, pueden producir laidea de un Jesús sin entrañas. Las expresiones tan duras de Jesús hay que entenderlas en sentido metafórico. Son expresiones orientales, intencionadamente exageradas para poner más de relieve el mensaje que quiere comunicar. Con ellas pretende señalar la radicalidad con que es preciso seguirlo. La marcha de Jesús a Jerusalén no es un viaje común. Por eso el maestro requiere de los discípulos la seriedad de la resolución y del riesgo que lleva seguirle, quien comparte esa aventura, tiene que estar dispuesta a entregar su propia vida.

Por tanto, seguir a Jesús exige, no solo buena voluntad, si no disponibilidad de vivir según su designio, en una constante inseguridad. Ser discípula de Jesús es vivir en constante movimiento, en no tener nada fijo y estar dispuesta de corazón a hacer la voluntad del Maestro.

Jesús no fue inhumano; al contrario, fue el más humano de los humanos. Su vida fue un continuado gesto de ternura. No pudo contener las lágrimas ante la muerte de su amigo Lázaro (Jn 11,35). Jesús defiende el amor y el cuidado de los padres ancianos (Mt 7,9). Lo que quería y quiere decirnos es que nadie, pero menos sus discípulos, ha de dejarse atrapar por una familia posesiva, sino que cada miembro ha de hacer su opción libre, que la familia no puede condicionar su llamada a seguirle y a trabajar por el Reino.

Jesús habla de totalidad: "Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente". No se pueden separar unos tiempos, unas ocupaciones, unos ritos y unos ratos para Dios y, luego, vivir a impulsos del capricho. Todo y para siempre, como sucede con los grandes amores. He aquí un mensaje apremiante para la gente de hoy que no quiere compromisos.

Dos hombres se acercan a Jesús de manera espontánea y le dicen que querrían seguirle. No sabemos lo que les pudo mover a ello. Evidentemente están fascinados por él y querrían estar con él. Otro es llamado por Jesús a seguirlo. En ninguno de los tres casos sabemos si se unieron a Jesús. Pero conocemos las circunstancias y las condiciones requeridas para el seguimiento.

Se diría que Jesús hace todo lo posible por desanimar a los tres que pretenden seguirle a lo largo del camino. Parece que su intención es más la de rechazar que la de atraer, desilusionar más que seducir. En realidad, él no apaga el entusiasmo, sino las falsas ilusiones. Los discípulos deben ser conscientes de los sacrificios que comporta el seguimiento de Jesús.

Disponibilidad para vivir en la inseguridad.

“Te seguiré donde quiera que vayas”. Jesús le dice claramente lo que debe esperar en el seguimiento. Su propio camino está envuelto en imprevistos y pobreza. Él no puede ofrecer la garantía y la comodidad de un alojamiento seguro. No posee nada así; Que Jesús no tenga un alojamiento seguro lo ha demostrado en el viaje que acaba de hacer a través de Samaría. Él depende de la acogida que se le da. Acepta ser rechazado y emprende una nueva búsqueda. Renuncia a las ventajas de un lugar estable. Se libera así de las ataduras que entraña un lugar fijo, consiguiendo así plena libertad para llevar a cabo su misión.

Los otros dos añaden condiciones a su disponibilidad para el seguimiento: “Déjame ir antes a enterrar a mi padre”; “déjame despedirme primero de mi familia”. Jesús no acepta estas condiciones, en las que siempre entra en juego la familia. Es innegable que sus palabras suenan muy duras. Expresan con extrema claridad que él exige un seguimiento incondicional. Quien quiere seguirlo debe decidirse totalmente a él; no puede poner ninguna condición.

El Señor nos va a decir también que no tiene lugar donde reposar su cabeza, ni lugar alguno de descanso. Sus discípulos, al seguirle, deberán tomar conocimiento de otras de las características del trabajo propuesto. Los consuelos habituales que puede dar el entorno, o la familia, no son posibles. El único consuelo -y no es poco- es saberse que uno va en pos de Jesús. Pero todo esto es posible. Es una opción, no un camino imposible.

El seguimiento de Jesús es una invitación y un don de Dios, pero al mismo tiempo exige una respuesta esforzada. Es pues un don y una conquista. Una invitación de Dios, y una meta que nos debemos proponer con tesón. Pero sólo por amor, por enamoramiento de Jesús y de su Causa, podremos avanzar en su seguimiento. Ni las prescripciones legales, ni la ascesis pueden suplir el papel que el amor tiene que jugar insustituiblemente en nuestras vidas llamadas.

Una vez que el amor impregna nuestras vidas, todo lo legal sigue teniendo su sentido, pero es puesto en el lugar que le corresponde: relegado a un segundo plano. “Ama y haz lo que quieras” decía san Agustín; porque si amas, no vas a hacer lo que quieras sino lo que debes, lo que Dios espera de ti. Es la libertad del amor.

Pidamos al Señor que nos ayude a secundar el seguimiento que iniciamos un día al sentirnos llamadas y que debemos renovar, día a día, sin miedo a las exigencias que se nos irán presentando…