En este domingo quinto de Cuaresma, la liturgia nos presenta el Evangelio de San Juan, capítulo 11, donde contemplamos la muerte de Lázaro, una realidad que parece definitiva, sin salida. También nosotros vivimos momentos en los que algo muere en nuestro interior: la esperanza, la paz o incluso la fe. En medio de ese dolor se hace presente Jesús, que no permanece distante, sino que se conmueve y llora con nosotros, revelándonos que Dios comparte nuestro sufrimiento.
Pero Jesús no se detiene en el llanto. Se acerca a la tumba y pronuncia una palabra llena de autoridad: “¡Lázaro, sal fuera!”. Y el que estaba muerto sale.
El Evangelio del ciego de nacimiento es una historia de encuentro, iluminación y fe. Cuando Jesús ve al ciego, toma la iniciativa: se acerca a él, lo toca y lo envía a lavarse. Es un gesto que nos recuerda que Dios siempre da el primer paso en nuestra vida.
El hombre obedece sin entender del todo. Va, se lava y comienza a ver. Así ocurre también en la vida espiritual: muchas veces Dios nos pide confiar antes de comprender plenamente. La fe empieza con un pequeño acto de confianza.
Después de la curación, el hombre atraviesa interrogatorios, dudas y rechazo. Pero precisamente en medio de esas pruebas su fe se fortalece. Al final, cuando se encuentra nuevamente con Jesús, lo reconoce como el Hijo del Hombre y cree en Él.
El evangelio de este domingo presenta el encuentro de Jesucristo con la mujer samaritana junto al pozo. Es un relato muy humano: Jesús se acerca a una persona concreta en medio de su vida cotidiana y comienza con ella un diálogo que abre el corazón a una verdad más profunda. Cansado del camino, Jesús se sienta junto al pozo y pide de beber. Este gesto sencillo muestra la cercanía de Dios y rompe las barreras que separaban a judíos y samaritanos, revelando que el amor de Dios no excluye a nadie.
La conversación comienza hablando del agua, pero pronto Jesús conduce el diálogo hacia la sed del corazón humano. Todos buscamos amor, sentido y felicidad verdadera. Muchas veces intentamos saciar esa sed con cosas pasajeras, pero el corazón sigue buscando más. Por eso Jesús habla del “agua viva”, signo de la vida nueva que Dios quiere dar.
El Evangelio del II Domingo de Cuaresma nos regala la escena luminosa de la Transfiguración, en la que Jesucristo deja ver por un instante la gloria que habita en Él. En medio del camino cuaresmal, la Iglesia nos recuerda que la conversión no es un camino hacia la tristeza, sino hacia la luz de la Pascua. Antes de la cruz, el Señor fortalece la fe de sus discípulos —y también la nuestra— mostrándoles quién es realmente.
Jesús sube al monte con Pedro, Santiago y Juan. También nosotros necesitamos subir, es decir, buscar momentos de silencio y oración para encontrarnos con Dios. Solo quien se detiene puede ver con claridad. La Transfiguración nos enseña que, aunque en la vida haya oscuridad y esfuerzo, la última palabra la tiene siempre la gloria de Dios.
Al comenzar la Cuaresma, la liturgia nos lleva al desierto con Jesús: silencio, hambre y tentación, recordándonos que el camino a la Pascua pasa por la verdad del corazón. Jesús enfrenta la tentación desde su humanidad: siente hambre y cansancio, y así comprende nuestras luchas.
El tentador aparece cuando estamos más débiles, enseñándonos a mantener vigilancia interior. Cada respuesta de Jesús se funda en la Palabra de Dios, mostrando que alimentarse de ella permite reconocer y vencer la mentira de la tentación. Jesús no negocia con el mal: sus respuestas son firmes y claras, recordándonos que a veces la mejor estrategia espiritual es cortar con decisión.
El evangelio termina con una nota de consuelo: después de la prueba, los ángeles sirven a Jesús. Dios no abandona a quien lucha con corazón sincero. Puede haber combate y puede haber fatiga, pero la última palabra la tiene siempre la fidelidad de Dios.
Que en este inicio de Cuaresma, pidamos la gracia de entrar sin miedo en nuestro propio desierto interior. Que aprendamos a apoyarnos más en la Palabra, y a elegir, una y otra vez, el camino humilde que conduce a la vida. Porque cada fidelidad escondida, aunque parezca pequeña, va preparando ya en nosotras la alegría de la Pascua.