Cuarto Domingo Ordinario - C
Lucas 4,21-30
Jesús está en la Sinagoga de su pueblo, donde lo dejamos la semana pasada. Es sábado. Ha ido a participar de la celebración de su comunidad. Y ha hecho la lectura, la del profeta Isaías, que habla del Mesías que ha venido a anunciar la Buena Noticia a los pobres. Y Jesús hace la homilía más corta que se conoce: “Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír”.
Jesús acaba de aplicarse las palabras del profeta a sí mismo. Y es que Lucas nos quiere presentar a Jesús como el profeta que ha venido a traer la voz de Dios a nuestro mundo. Jesús es ese Mesías del que hablaba el profeta Isaías.
Después del comienzo del Evangelio, pasamos directamente al pasaje en el que Jesús vuelve a su pueblo después del bautismo y de las tentaciones en el desierto. Jesús, sobre quien descendió el Espíritu Santo en forma de paloma el día de su bautismo, llevado por este mismo Espíritu al desierto para ser tentado, vuelve ahora a Galilea con la fuerza del Espíritu.
El Bautista no permite que la gente lo confunda con el Mesías. Conoce sus límites y los reconoce. Hay alguien más fuerte y decisivo que él. El único al que el pueblo ha de acoger. La razón es clara. El Bautista les ofrece un bautismo de agua. Solo Jesús, el Mesías, los "bautizará con el Espíritu Santo y con fuego".
Hoy celebramos la fiesta de la Epifanía, de la manifestación del Señor.