Quinto Domingo Ordinario - C
Las lecturas de este domingo nos hablan de llamadas, de vocaciones: la de Isaías, Pablo y Pedro. La llamada de Dios en cada uno de ellos va precedida de una teofanía o manifestación de Dios. Dios, antes de confiar al hombre una misión particular, se le revela y da a conocer.
Toda llamada es gratuita, es un don que Dios nos ha dado sin previo merecimiento nuestro. A Pedro Jesús le llamó para que fuera pescador de hombres, al profeta Isaías Dios le llamó, entre otras cosas, para que fuera el cantor de la misericordia, de la justicia y de la gloria de Dios, a San Pablo le llamó para que anunciara el evangelio a los gentiles.
También a cada una de nosotras Dios nos ha llamado, nos ha dado una misión concreta y determinada. Todas y cada una de nosotras debemos ser cantoras de la misericordia, de la justicia y de la gloria de Dios como Isaías: predicadoras de su evangelio como Pablo; pescadoras de hombres como Pedro y los apóstoles. Debemos hacerlo con nuestra palabra y, sobre todo, con nuestra vida.

Lucas 4,21-30
Después del comienzo del Evangelio, pasamos directamente al pasaje en el que Jesús vuelve a su pueblo después del bautismo y de las tentaciones en el desierto. Jesús, sobre quien descendió el Espíritu Santo en forma de paloma el día de su bautismo, llevado por este mismo Espíritu al desierto para ser tentado, vuelve ahora a Galilea con la fuerza del Espíritu.
El Bautista no permite que la gente lo confunda con el Mesías. Conoce sus límites y los reconoce. Hay alguien más fuerte y decisivo que él. El único al que el pueblo ha de acoger. La razón es clara. El Bautista les ofrece un bautismo de agua. Solo Jesús, el Mesías, los "bautizará con el Espíritu Santo y con fuego".