anuncio adviento 2019

 

 

Tercer Domingo Adviento - A

3 advientoAMateo 11, 2-11

Seguimos avanzando en nuestro caminar por el tiempo de Adviento. Si hasta ahora se nos llamaba a la esperanza, hoy se nos llama a la alegría. Todavía no es la alegría desbordante de la Navidad, pero sí es la alegría propia de quienes saben que con Jesucristo sus vidas pueden cambiar, y este mundo puede ser distinto.

“Estad alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres”. Con estas palabras vamos a comenzar la eucaristía de este domingo tercero de Adviento, el domingo “Gaudete”. Estamos alegres porque el Señor está cerca.

En el evangelio de este domingo vuelve a aparecer la figura de Juan el Bautista. Se encuentra encerrado en la fortaleza de Maqueronte. Herodes lo había mandado arrestar por haber denunciado su vida inmoral.

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Inmaculada Concepción de María

inmaculada colorLucas 1, 26-38

Hoy celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María y lo hacemos en el marco del Adviento.

¿Qué significado tiene en el tiempo de Adviento esta fiesta que nos invita a contemplar el inicio de la vida de la que será la madre del Señor?

Su condición inmaculada es signo de la acción de Dios que nos llama y que “nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuéramos consagrados e irreprochables ante él por el amor” (EF 1,4)

María es, pues, la mujer elegida, escogida por Dios para ser objetos de su amor gratuito, para ser espacio de la presencia de Dios, el lugar de la Encarnación del Hijo del Hombre.

El evangelio de la Anunciación expresa la vocación de María y el cumplimiento de la promesa hecha por Dios a la humanidad. Por eso la grandeza de María consiste en su apertura a la Palabra de Dios, acogiendo la alianza que Dios le ofrece y autodefiniéndose ella misma como “la esclava del Señor”. María cree en la promesa de Dios, para quién nada es imposible.

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Primer Domingo Adviento - A

1 adviento AMateo 24, 37-44

Comenzamos el Adviento, tiempo de esperanza, de promesas, de sueños. Más que un tiempo, es un talante y estilo, es una actitud del alma que debemos de cultivar constantemente.

El Adviento no es algo que se celebra, sino que se vive. Es tiempo de esperanza. Necesitamos la esperanza para seguir viviendo, para seguir luchando, para superarse y trascenderse, para soñar con algo nuevo y mejor.

Tiempo santo que nos abre a la esperanza, nos ensancha el corazón. Dios nos abre un resquicio para vislumbrar un espacio de paz, de humanidad, de sueños realizados.

Tiempo hermoso donde resuena en labios de Isaías que lo seco, el desierto, lo que parece muerto, se convertirá en vergel. Y nos lo tenemos que creer y vivir poniendo el corazón en todo para que se haga algún día realidad por la misericordia entrañable de nuestro Dios.

Adviento, tiempo de ilusión, de entusiasmo, de esperanza. Tiempo apropiado para reaccionar, para sacudirnos la indiferencia, la rutina y la pasividad que nos hace vivir dormidas.

Por eso, Jesús hoy nos invita a “VELAR, a VIGILAR” porque sabe que se nos cierran muchas veces los ojos por el sueño o el embotamiento. Por eso nos resbala la vida, desconocemos los signos y se nos escapa el misterio. Puede que venga el Señor y no nos enteremos. Vivimos, a veces, demasiado superficial y distraídamente, y así no hay posibilidad de Adviento. Vivimos más del presente que de la promesa, y así la esperanza se muere.

Esta actitud nada tiene que ver con la curiosidad sobre el cuándo o el cómo; ni con un esperar pasivo que espera señales o acontecimientos sorprendentes. Tiene que ver con un estilo de vida que vive cada instante como don y señal de Dios. Es un vivir con lucidez y con hondura, haciendo camino, acogiendo la salvación de Dios. Es un vivir atentas a los signos de los tiempos, a no dejarnos atrofiar por la superficialidad y la incoherencia, a despertar a la fe como responsabilidad personal y comunitaria.

¡Ven, Señor Jesús!

Jesucristo, Rey del Universo

cristo reyLucas 23, 35-43

Terminamos el año litúrgico con la fiesta de Cristo Rey, un rey que reina desde la Cruz, donde entregó su vida por amor. Jesús tiene una manera peculiar de reinar. Su “trono” es la cruz. Y su “vara de mando” es una toalla ceñida y una jofaina llena de agua. Cristo reina desde la cruz porque en ella entregó su vida por todas las personas, una vida que vivió desde una profunda actitud de servicio.

Hoy celebramos su realeza. Sabemos que, mientras Jesús vivió nuestra vida mortal, no resultó fácil reconocerle como rey. No se parecía a los reyes de este mundo. Era demasiado pobre, demasiado sencillo, demasiado cariñoso y cercano a los más desgraciados de la vida. Incluso, para los fariseos y otros enemigos, Jesús era un embaucador, un blasfemo o un endemoniado.

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Domingo XXXIII - C

domingo 33Lucas 21, 5-19

En los evangelios se recogen algunos textos de carácter apocalíptico en los que no es fácil diferenciar el mensaje que puede ser atribuido a Jesús y las preocupaciones de las primeras comunidades cristianas, envueltas en situaciones trágicas mientras esperan con angustia y en medio de persecuciones el final de los tiempos.

Según el relato de Lucas, los tiempos difíciles no han de ser tiempos de lamentos y desaliento. No es tampoco la hora de la resignación o la huida. La idea de Jesús es otra. Precisamente en tiempos de crisis «tendréis ocasión de dar testimonio». Es entonces cuando se nos ofrece la mejor ocasión de dar testimonio de nuestra adhesión a Jesús y a su proyecto.

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