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Domingo 27 - C 2025

domingo 27 c 2025Lucas 17, 5-10

El evangelio de este domingo comienza con una súplica que es también la nuestra: “Señor, auméntanos la fe”. Los discípulos sienten que lo que Jesús les pide es demasiado grande para sus fuerzas, amar, perdonar, ser compasivos, y reconocen que solos no pueden. Nosotros también, en medio de tantas exigencias, luchas, cansancios y decepciones, descubrimos que nuestra fe se tambalea, que necesitamos que Dios mismo la sostenga. Y Jesús responde con una imagen desconcertante: no hace falta una fe inmensa, basta con que sea verdadera, pequeña como un grano de mostaza, pero viva, arraigada en lo profundo del corazón. Una fe así no se mide en cantidad, sino en confianza; no se trata de acumular certezas, sino de entregarse en sencillez al Señor.

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Domingo 26 - C 2025

domingo 26 c 2025Lucas 16, 19-31

El evangelio de hoy nos presenta una parábola exigente y conmovedora: el rico que vivía en la abundancia y el pobre Lázaro que yacía a la puerta de su casa. El rico, rodeado de lujos y banquetes, nunca maltrató a Lázaro, simplemente lo ignoró. Y esa indiferencia fue su pecado: no ver al otro, cerrar los ojos al sufrimiento que tenía tan cerca.

Al morir, se produce la gran inversión: Lázaro es consolado en el seno de Abraham, y el rico acaba en el tormento. Así es la lógica del Reino: lo que el mundo valora —lujo, poder, prestigio— carece de peso en el cielo. Lo que vale es el amor, la misericordia, la solidaridad.

Jesús nos recuerda que el tiempo de la conversión es ahora. No hacen falta milagros ni señales extraordinarias: ya tenemos la Palabra de Dios, ya sabemos lo que es justo. Si no escuchamos hoy, tampoco lo haríamos aunque viéramos un muerto resucitar.

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Domingo 25 - C 2025

domingo 25 c 2025Lucas 16,1-13

El evangelio que escuchamos hoy nos puede desconcertar: Jesús cuenta la parábola de un administrador infiel que, sabiendo que lo van a despedir, actúa con astucia para asegurarse el futuro. Y lo sorprendente es que el mismo amo lo elogia. No lo alaba por su injusticia, sino por la sagacidad con la que supo reaccionar ante la crisis. Jesús aprovecha esta historia para lanzarnos un mensaje profundo: también nosotros debemos aprender a ser previsores, no para guardarnos riquezas que pasan, sino para preparar la vida que no pasa, la vida eterna.

Nuestra existencia entera es una administración. Nada es realmente nuestro: ni los bienes materiales, ni el tiempo, ni las capacidades. Todo lo hemos recibido de Dios y todo un día tendremos que devolverlo. La pregunta es cómo lo usamos. ¿Vivimos como si todo nos perteneciera? ¿O somos conscientes de que lo que tenemos está confiado a nuestras manos para el bien, para compartir, para construir fraternidad?

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Exaltación de la Santa Cruz - C 2025

Santa Cruz 2025Juan 3, 13-17

Hoy la Iglesia nos invita a contemplar el misterio más grande de nuestra fe: la Santa Cruz de nuestro Señor Jesucristo. No celebramos un instrumento de tortura ni un signo de derrota, sino el árbol de la vida, la cátedra del amor y la fuente de salvación.

En el Evangelio escuchamos a Jesús decir: “Así como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna”. En el desierto, el pueblo de Israel, mordido por serpientes venenosas, sanaba con solo mirar la serpiente de bronce elevada en un palo. Era un gesto de fe, un acto de confianza en Dios.

Eso mismo sucede con nosotros: mordidos por el pecado, heridos por las dificultades, tentados por el desánimo, somos sanados cuando miramos a Cristo crucificado. Su Cruz es la medicina, su Cruz es la victoria, su Cruz es la esperanza.

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Domingo 23 - C 2025

domingo 23 c 2025Lucas 14, 25-33

El evangelio que hoy escuchamos nos sorprende con palabras fuertes de Jesús: “El que no renuncia a su padre, a su madre, a sus hermanos, a su propia vida, y a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”. A primera vista nos incomoda, porque sentimos que nos pide algo imposible, como si nos obligara a rechazar lo más querido. Pero en realidad, el Señor nos está mostrando la radicalidad del amor verdadero. No se trata de despreciar a nuestra familia o las cosas de la vida, sino de descubrir que nada ni nadie puede ocupar el lugar que sólo a Dios le corresponde. Cuando Jesús es el centro, todo lo demás encuentra su justa medida.

Él habla también de la cruz. No la cruz como un peso sin sentido, sino como el signo del discípulo que ha aprendido a vivir a la manera de Cristo: con entrega, con fidelidad, con valentía para amar, aunque duela. Cargar la cruz significa aceptar que seguir a Jesús no siempre es cómodo, pero siempre es fecundo.

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